Por Ene Eme

Algo no ha cambiado mucho en 29 años de ser casi un zombi: mi fascinación por leer, contar y, sobre todo, ver historias; especialmente las que me sacuden fuertemente la cabeza para que me sienta un poquito despierta. Desde niña –aún bajo mis sábanas y con los ojos tibiamente cubiertos– desarrollé una adicción por una manera particular de narrar, una que te hace apretar los dientes y rezar un padrenuestro aunque no creas ni en tu sombra: el terror.

Nací en 1987 cuando el género asustaba, pero no por la genialidad de los realizadores, sino por la malísima calidad de los filmes. No podía pedir mucho: los argumentos repetitivos, la toma abierta del ambiente, la niebla saliendo de las alcantarillas, el corte al rostro o sombra del personaje malvado, la música convencional de que algo malísimo sucederá son, o mejor dicho, eran los elementos convencionales del género; corren por la pantalla las recomendaciones y las novedades de películas, y tan sólo con dos minutos de ver la cinta ya sabes cuál ansioso ente quiere comerse tu cuerpo, llevarte al infierno o provocarte un hondo bostezo.

Durante más de 10 años bestias salvajes, esperpentos, vampiros, espíritus atormentados, casas embrujadas, niñas muertas de larga cabellera que salían por la pantalla de la TV… estuvieron muy apunto de mandarme a rehab.

Pero a partir del 98, los responsables de casi rehabilitarme consiguieron nuevo material y me hundieron en una adicción aún más profunda: si el terror es –como dicen algunos– la expresión más pura de los miedos colectivos, mis deals de emociones abandonaron las convenciones del género que ya no llenaba salas de cine; se convencieron de recurrir a una estética más realista, con ambiciones más reflexivas, que coqueteaban y coquetean más con el cine de autor que con el apolillado terror ochentero.

Los que en algún momento fueron los héroes del grito, supieron muy bien destrozarse la garganta para que el silencio y la introspección se oyeran más fuerte y dentro de nosotros mismos. Se enfilaron en retratar –en muchas ocasiones con tremendo sadismo– el mundo hostil en el que vivimos y, especialmente, el que nos llevamos a la cama cuando la noche cae: de los lamentos del fantasma en una vieja mansión, nos llevaron a un sitio verdaderamente perturbador: nuestra propia mente.

Durante 2014 y 2015 me despabilé con asombro al ver dos metrajes que pese a retomar los mitos casi fundacionales del terror –monstruos y brujas–, supieron contar una historia y presentar una convergencia perfecta entre el terror más clásico, el drama habitual de vivir, y lo oscuras que resultan ser nuestras creencias y, peor aún, nuestras esperanzas.

Babadook, terror (Australia, 2014)

Babadook –escrita y dirigida por Jennifer Kent– cuenta cómo los días transcurren con portentosa tensión para Amelia, una madre viuda, oprimida por la tristeza de la muerte de su marido (Oskar) el día que nació su hijo Samuel, un pequeño con problemas de conducta. La vida de ambos marcha entre la resignación, el dolor y el tedio de saber que sólo se tienen el uno al otro; si los días ya se antojan problemáticos, las noches son literalmente una pesadilla: el niño sufre terrores nocturnos.

Los intentos desesperados de Amelia para que Samuel caiga en la cama sólo despiertan a Mr. Babadook, un misterioso ente de cartón, protagonista de un cuento infantil, con sombrero, que pareciera venir desde una película del expresionismo alemán a visitar a la viuda y al niño-problema una noche, entrar por su ventana, y prometerles que mientras él esté a su lado, ellos no descansarán.

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http://www.inhnl.com/posts/babadook-haunts-its-way-to-home-video/

Entre el insomnio, los constantes recuerdos de alegría al lado de Oskar, y las ensoñaciones de Amelia para abstraerse del cansancio comienzan a encerrarla en un lugar que aunque luzca familiar es completamente desconocido. La presencia de Mr. Babadook parece alimentarse del miedo de Samuel al llamado de la puerta, que se escucha bajo el sombrero y la silueta del ente, y del hartazgo de Amelia hacia su hijo. La fuerza del monstruo infantil ataca con furia la lucidez mental de Amelia.

En la hora de la verdad –lejos de convencerme de que ya deje, por favor, de ver estas películas– Jennifer Kent me inyectó, sin avisarme, la dosis que necesitaba para confesarme una adicta definitiva. También muy lejos de llevar al monstruo al adefesio, a la carga de elementos sobrenaturales o a la violencia inútil, lo humanizó; no utilizo la palabra como lugar común: convirtió la pesadilla nocturna del niño en un comportamiento desquiciado de la madre.

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Babadook es el insomnio, la fatiga, las luces prendidas, el no notar la diferencia entre lo real y lo sobrenatural, es Samuel, es Amelia, el sótano, el recuerdo del padre que ya no está con ellos, su terca añoranza, la tristeza, la lejanía, la barrera sentimental, la dependencia, la idealización de la vida familiar, la soledad conyugal y, simultáneamente, todos los elementos.

Con Babadook no gritas, te callas. La figura de cartón son sombrero te muestra su lado más perverso: el de las asociaciones entre lo que nos atemoriza superficialmente y lo que deseamos sin la contemplación de que sea terrible.

The Witch. A New England Folktale (Estados Unidos, 2015)

La agreste Nueva Inglaterra de 1630 y los señalamientos de una familia calvinista radical a la laxa conducta de la primera colonia de ingleses en Massachusetts configuran el motivo para que los siete integrantes de esta familia sean juzgados por su extremismo y expulsados de la comunidad.

Empezar desde cero en las cercanías de un vasto bosque desolado se dibuja como la única oportunidad para seguir los designios del Señor, sin someterse a las reglas de los jueces mundanos. William, el impetuoso padre, bendice con oraciones la nueva tierra que Dios le ha señalado como premio a la severa defensa de su fe.

En la exclusión, la recompensa al fervor se torna lentamente castigo: los animales de la granja huyen aterrorizados, la tierra comienza a secarse, el más pequeño de la familia desaparece inexplicablemente, y Caleb, el segundo hijo, se contagia de un mal que aparentemente es obra del diablo.

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La familia se aferra a la idea de que el Señor los bendecirá si siguen inflexiblemente religiosos; pero cada integrante comienza, en solitario, a pensar cuál habrá sido el desafío a la Gracia, qué está provocando la tragedia, quién de ellos se encargó de profanar la fe. Las sospechas se centran en Thomasin –la integrante más débil de la familia, la hija mayor– que está a punto de convertirse en mercancía de servicio para que la familia pueda llevarse un bocado al estómago.

Un profundo fanatismo religioso –gestado en la desesperación de lo que la familia cree un castigo divino– invierte los valores morales: los constantes señalamientos, la sospecha de los integrantes de la familia hacia Thomasin por considerarla bruja, el hambre y la miseria deshilan poco a poco los lazos familiares. Hay que castigar a Thomasin para que Dios perdone y los regrese al seno de su gracia, no importando las consecuencias. Al paso de los días, la piedad para la hija mayor no existe porque le resta credibilidad a los dogmas de sus padres.
Los elementos sobrenaturales dejan de sugerirse. Los entrecortes crean una historia completa: el ritual con la sangre y las entrañas del bebé desaparecido, la exaltación de la lascivia de Caleb y su muerte con dejos de redención, la locura y asesinato de ambos padres, y la invocación de los mellizos Mercy y Jonas hacia un macho cabrío negro –Black Phillip: el rey del cielo y de la tierra, del mar y de la arena– muestran a Thomasín que del animal astado nace la invitación a vivir sin penas para conseguir la gloria eterna, a vivir ahora deliciosamente: “nosotros somos tus sirvientes, nosotros somos tu rebaño”.

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Robert Eggers –escritor y director del filme– supo cómo suministrarme la mezcla perfecta del terror hacia lo que se nos repite como verdad incuestionable, al crear una atmósfera de misterio a través las escenas largas que reflejan las acciones cotidianas de la familia y la desgracia que viven al ponerse el sol, y mediante los entrecortes –alusivos siempre a lo nocturno y a la interiorización de los personajes– con una marcada utilización de recursos visuales y narrativos de lo sobrenatural de una leyenda tradicional norteamericana.
Esta tensión, el ambiente de completo silencio y obediencia ciega son sin duda las características más aterradoras de la cinta. Las acciones dementes de los personajes y las sospechas que de noche revelan la ruptura familiar se enmarañan: la ayuda no proviene de la bondad, sino de la liberación de la condena a un destino dictado por el dedo Dios.
A New England Folktale es la descripción cabal de que la leyenda encierra una verdad que hace tambalear los preceptos morales con los que muchos hemos sido educados; la moral dicta que “el bueno” se salva por el arrepentimiento de sus pecados, por atacar con sumisión y bondad el mal que se encuentra entre nosotros, y que “el malo” sufre condenado en el infierno de la incertidumbre. En este caso La Bruja nos invita a pensar que el verdadero mal se encuentra en las llamas dogmáticas de la fe.

Amigos de PortaVox, si son adictos al terror estas opciones les van a encantar.

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