Para nadie es un secreto que la reciente captura de Javier Duarte tiene varias lecturas, que van desde la electoral hasta la ayuda en popularidad y legitimidad de un sexenio que prácticamente no tiene ya ninguna. Se especulan muchas cosas, menos que fue una acción de justicia, de investigación real de los cuerpos de seguridad de México, para casi todo el país la detención es sospechosa y no se tiene la certeza que el ex Gobernador pague por los delitos que cometió. Una señal inequívoca de un pueblo que no cree más en su sistema político.

Es evidente que Duarte como gobernador de Veracruz, el tercer estado con mayor población en el país y un presupuesto estatal superior a 100 mil millones de pesos anuales, no actuó solo y colocó en puestos clave a operadores que facilitaron la constitución, operación y entrega de contratos públicos a empresas fantasma.

Según datos arrojados por la Procuraduría General de la República (PGR) y por la Auditoría Superior de la Federación (ASF) se investiga a Javier Duarte por regularidades que se consideran “históricas”. La primer institución lo investiga por los crímenes de delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita, y la segunda documentó que el desvío de recursos federales sólo de 2011 a 2014 podría ascender a más de 60 mil millones de pesos.

Queda claro que un personaje de esta calaña no podría haber actuado solo, ni a la sombra de las autoridades tanto estatales como federales. Uno de los principales ayudantes de este desfalco al Estado de Veracruz, fue Antonio Tarek Abdalá, quién como tesorero de la Secretaría de Finanzas del estado se encargó de recibir y distribuir el presupuesto. Entre 2012 y 2015 se encargó de las finanzas locales, justo en el periodo en que la administración de Duarte otorgó contratos a empresas fantasma que nunca entregaron los productos por los que se pagó. Sin embargo, al dejar el cargo, el PRI lo hizo diputado federal plurinominal, se le acusa del desvío de 23 mil millones de pesos.

Adolfo Mota Hernández es otro diputado federal del PRI en la actual legislatura y, por tanto, también tiene fuero. Fue secretario de Educación en Veracruz en la administración de Duarte, cuando dicha dependencia entregó casi 325 millones de pesos a compañías fantasma que ya fueron inhabilitadas por el Servicio de Administración Tributaria (SAT). Y así podríamos continuar con un par de funcionarios más.

Si el partido que llevó al poder a Duarte no estuviera coludido, estos dos personajes no gozarían de fuero por sus nuevos puestos en la administración pública. Un escándalo de esta magnitud en un país con un verdadero sistema de justicia, estos funcionarios estarían en la cárcel.

Sin embargo, pese a lo escandaloso que puede sonar este caso, no es el único en la clase política mexicana actual. Si algo ha caracterizado a este sexenio es el abandono de la ética y la empatía de los gobernantes por los ciudadanos. Lo que se vendió como el nuevo partido, el renovado PRI, la joven clase política que trabajaría en pro del pueblo mexicano se ve empañada por escándalos de corrupción o enriquecimiento ilícito. Ahora sabemos que de aquella foto del flamante presidente el primero de diciembre de 2012 y sus 19 gobernadores del Revolucionario Institucional 10 están prófugos o se sospecha de ellos por malos manejos durante su mandato.

Los 19 gobernadores priistas, llamados “Los Virreyes”, porque podían hacer cuanto quisieran en sus estados; tres están presos, uno más bajo proceso; uno prófugo, uno se desvaneció, dos más parecen estar en la mira de la justicia.

De alguna manera la captura de Duarte, se está tratando de vender como una señal de un gobierno comprometido con la lucha a la corrupción, y más ahora en plena lucha electoral en lo que por años se ha conocido como “la joya de la Corona”, el Estado de México. Si bien las campañas electorales están hechas para generar percepciones, que mejor que generar una de unidad, de compromiso y de justicia al pueblo mexicano.

Circula en Internet la foto del ex gobernador durante su captura y se puede ver un tipo sonriente, puede ser la sonrisa de los nervios previos a que te den un castigo por algún mal comportamiento (los expertos han señalado que en ese tipo de momentos, se suele reír de nervios) o puede ser – que sería más indignante aún- una sonrisa de saber que no pasara nada, que solo irá unos años a la cárcel en lo que su mujer lo espera con todos los millones que juntos se robaron y podrán disfrutar más adelante.

Es, quizá la sonrisa de un personaje que sabe que todo el sistema esta coludido y que no recibirá el castigo que merece, la sonrisa de alguien que recuerda un pasado no muy lejano y ve a Raúl Salinas disfrutando del dinero que hizo mediante corruptelas, la sonrisa de todo un sistema que sabe que el pueblo no tiene memoria y que no tardará en olvidar este caso, como muchos otros en cuanto los medios ya no lo tengan como el villano favorito o de moda. La sonrisa de una clase política que no tiene el más mínimo sentimiento de empatía por sus gobernados, la sonrisa de alguien que supo llevar con orgullo aquella frase clásica de nuestro sistema político del que no tranza no avanza, una sonrisa que indigna y que nos hace perder aún más la fe en la política.

Por Jesús Eduardo Hernández Estrada

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